Se
cumple un año de la llegada al poder de AMLO después de dos elecciones
fallidas, acusadas de fraude y con la esperanza sobre sus hombros de más de 30
millones de personas que votaron por el con el anhelo de vivir en un país
mejor.
La conclusión de su primer año es un
buen momento para hacer un corte de caja y analizar que se hizo bien y que
fallo, y con esto, develar que nos espera el resto del sexenio con un
presidente en el cual están depositadas tantas expectativas.
Lo primero que hay que entender es que
este primer año fue como un round de estudio en una pelea de box. AMLO empezó a
pisar terreno y a hacer la transición de líder de oposición a jefe de Estado.
El nuevo cargo le exige, entre otras cosas, un lenguaje más moderado. Es
momento de ser más cauto. Ya no hay espacio para estridencias. Ahora hay
escoger bien sus batallas, no es buen negocio abrir varios frentes a la vez.
Las cosas a su debido tiempo.
Pueda
decir lo que quiera contra el neoliberalismo, pero ya no puede criticar tan
libremente a la oligarquía que tanto ha señalado; ahora hay que sentarse a
hablar con ella; no exhibirla públicamente. Es momento de un discurso más
optimista. Hay que decir que el país no está quebrado, y la economía va a
mejorar. Hay que mandar un mensaje esperanzador a todas las víctimas de la
violencia. Qué el baño de sangre se va a acabar. “Abrazos no balazos”, suele
decir el presidente.
La
narrativa del tabasqueño ha cambiado, el mensaje ahora es de esperanza, de que
la situación está bajo control, y de que el país va a cambiar. Los tiempos
atroces e ignominiosos del PRIAN han terminado.
Por
un lado, todo esto es entendible. Pero más allá de una conducta más ecuánime y
prudente, los resultados tienen que empezar a notarse. Sus seguidores le pueden
perdonar un discurso incongruente y un tanto desligado de su retórica original
como líder opositor, pero los más de 30 millones que votaron por él, lo
pusieron para que su llegada al poder se tradujera en mejores condiciones de
vida, todo lo demás es lo de menos.
Lo
cierto es que un año después, los resultados en los temas que más preocupan a
los mexicanos -seguridad y economía- no han sido los deseados. Y esto no es
debatible, las primeras cuentas en estos rubros son malos, y punto. El primer
parcial de las materias más importantes no ha sido aprobado. El combate a la
corrupción puede esperar, pero las necesidades basicas –comer y que no te
maten- no.
El
2019 terminará como el peor año en materia de homicidios, feminicidos, robos a
negocios, trata de personas y narcomenudeo. Y sin mencionar los hechos
recientes de alto impacto como el cualiacanazo y la masacre de la familia
Lebaron en Sonora. Si bien está violencia es heredada, le toca a él resolverla.
Al menos en el primer año, es claro que no ha podido.
Si
bien la política de “abrazos no balazos” que pregona el presidente no está
dando resultados, la más reciente captura de Genaro García Luna, ex secretario
de Seguridad Publica en el gobierno de Felipe Calderón (2006-12) parece darle
cierta legitimidad ante los mexicanos. El ex funcionario fue atrapado por las
autoridades norteamericanos acusado de narcotráfico. Pero bueno ese tema da
para otro post.
El
plano económico tampoco dista de ser muy diferente. La promesa del plan
nacional de desarrollo (PND) 2019-2024 de crecer 6% al final del sexenio con un
promedio anual del 4% se antoja muy difícil después de un primer año de nulo
crecimiento.
En
su más reciente Reporte Trimestral de
Inflación, Banxico reportó su previsión de crecimiento para 2019 de un
rango entre 0.2% y 0.7%. Para el año entrante también lo ajusto a la baja, de
entre 1.5% y 2.5% a uno que va de 0.8 y 1.8%. Mientras que para 2021, a mitad
de sexenio, el banco central estima una variación del PIB de entre 1.3% y 2.3%.
Según
información de la revista proceso en su edición No.2248 la más reciente
encuesta sobre las expectativas de los especialistas en economía del sector
privado, elaborada por el banco de México (Banxico) y aplicada a 42 grupos de
analistas y consultoría del sector privado nacional y extranjero, prevé que la
economía crecerá un promedio de solamente 2% en los próximos diez años.
A
pesar de que estas cifras son desalentadoras, hay señales positivas para
nuestro porvenir económico. Destaco dos. El primero es la estabilidad del peso.
Pese a toda la incertidumbre provocada por diversos factores, entre ellos la
cancelación del nuevo aeropuerto y la renuncia del secretario de Hacienda, la
moneda nacional cerró el 2019 por debajo de los 19 pesos frente al dólar
(18.90). Lo que significa una apreciación de 3.86% en el primer año de López
Obrador.
La
segunda buena nueva es el nuevo aumento al salario mínimo en México. A partir
del 2020 el salario mínimo pasará de 102.68 a 123.2 pesos diarios, lo que
significa un aumento global del 20%, el mayor en términos reales en los últimos
44 años.
No
podemos decir que no vimos cambios positivos en el primer año, pero aun así, se
quedó corto en los rubros más importantes. El presidente puede seguir
representando una gran esperanza para millones de ciudadanos que creyeron en el
como la última opción que les quedaba para revitalizar la trágica situación del
país. Pero no basta tener altos niveles de popularidad entre la población. El
round de estudio ya terminó y ahora es tiempo de empezar a dar resultados que
estén a la altura de las expectativas que despertó. Seis años para cambiar un
país es poco tiempo, y más cuando la gente quiere ver resultados desde el
primero.
